1/17/2010

Ponderaciones de cocina

Como cada vez que vengo a Cuernavaca, hoy me puse a revisar las alacenas y el refrigerador de mi abuelo para ver qué tiene, qué le falta y qué puede comer en la semana. Y como siempre, me topé con las mezclas de harina para pastel, pastas de almendra, grenetina, saborizantes, colorantes, especias y un montón de ingredientes en cajas, botes, tubos y paquetes que tienen ahí más tiempo que Matusalén (o al menos eso parece). ¿Qué hacer con todo esto? Mi primera reacción es: ¡un pastel! Pero oh sorpresa, la harina de gengibre caducó hace cinco años - a la basura. Parece que las pastas de almendra duran bastante, pero no estoy muy convencida. Las castañas tienen todavía el precio en viejos pesos. Y para colmo, mi abuelo no come tantos pasteles.
  Así que me dispongo a tirar todo lo que no es utilizable, limpiar las estanterías, y volver a acomodar lo que sirve. Pero me cuesta renunciar a mi proyecto de cocinar u hornear algo el día de hoy. Hace tanto que no lo hago, que tengo antojo, no tanto de comer un pastel o galletas o lo que sea, sino de *hacerlo*. De medir las cantidades, engrasar las charolas, prender el horno.

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Paréntesis cultural: entró una llamada de un amigo de Suiza que hace un par de años no hablaba con él. Es bueno recuperar las amistades, aunque sea platicando un ratito de vez en cuando. Me hizo sonreir :)

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De vuelta a la cocina. ¿Qué hacer con tantas especias y cosas que guardaba mi abuela como si fueran un preciado tesoro? Iré a su cajón de las recetas a ver qué puedo hacer... o por lo menos decirle a Catita para que le cambie los menús a mi abuelo. También podría llevarme algunos ingredientes a México y aprovecharlos allá. Eso me ayudaría a inspirarme y preparar más alimentos, en lugar de comer tanto fuera.
  Así que vuelvo a los anaqueles para continuar con mi investigación y tomar decisiones.



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